jueves, abril 18, 2013

¿¡Mande!?

Así me quedé yo cuando vi esta pintada en la pared al pasar. Será todo lo bonita y pofunda que tú quieras, pero, no es por nada, parece más bien que se te haya sentado el gato encima del teclado del spray.

Aprovecho también para decir que tuve la misma reacción con el epílogo de la siguiente historia.

HYPOCRISY & FIB


Llegué a la clase a la hora de siempre y el anterior profesor se despidió de mí nada más entrar yo en el aula. Estaban todos menos una alumna, que llegó unos minutos más tarde, así que aproveché para ir contándoles lo que íbamos a hacer durante la sesión de ese día. Aprovecho para comentar que la hija de Pepico de los Palotes, Marie Purie, me respondió con un “¿Y qué más?” apremiante, el cual yo recibí como nada más que el ansia de saber el contenido global de esa clase. 


Ni la hija ni el padre dudaron en resaltar el hecho de que, a pesar de que habían faltado a la sesión anterior, la clase había continuado sin tenerlos en cuenta puesto que habíamos corregido la tarea que teníamos para el día en cuestión, cosa que el resto de sus compañeros consideraron lógica y normal en cualquier caso, pero los dos primeros dejaron claro que no estaban muy de acuerdo con esa tónica. Me explicaron que su ausencia se debió al reciente fallecimiento de un familiar y que estaban un poco sobrecargados  por eso mismo, a lo cual yo les di mis debidas condolencias y empecé con la clase.


Haciendo un repaso del vocabulario del tiempo atmosférico para el Speaking de esa sesión, Pepico afirmó repetidas veces que no era lo mismo “Wet” que “Rainy” y no entendía por qué los había puesto en el mismo recuadro. Cuando le respondí que, efectivamente, no tenían el mismo significado pero que hacían referencia al mismo caso, basándome en el libro sobre todo, no pareció conforme, pero como la clase ya se había interrumpido bastante por eso corté por lo sano explicándole que no era necesario referirse al significado exacto en todos los casos y le dije, palabras textuales, “que no se preocupase, que no era necesario saber la composición química del agua para bebérsela” para que no le diera tantas vueltas. Quiero remarcar que su hija ya había puesto cara de descontento antes de eso, aunque yo no me había fijado hasta entonces.


Tras pedirles que guardasen silencio a Pepico y a otra alumna debido a que no me dejaban continuar con la actividad, quise comenzar una ronda de preguntas relacionadas con el tiempo y las estaciones para poner en práctica lo recién aprendido, y me aseguré de que todos y cada uno de ellos tuviera un día o estación sobre la que hablar. Cuando hube acabado, Marie me inquirió la razón de no haberle preguntado a su padre, a lo cual yo respondí diciendo que les había preguntado a todos una vez, pero ella insistió exigiéndome que tenía que preguntarle más a su padre dado que era el que menos nivel tenía y que necesitaba más práctica, aunque él añadió de modo condescendiente que le daba igual. Yo le dije que no se preocupase, que esa tarde teníamos más oportunidades de practicar la conversación con las actividades que traía preparadas y, en un tono neutro y sin maldad ninguna, que, por favor, no me cambiase la organización de la clase puesto que lo había preparado ya para que todo transcurriera correctamente. No obstante, tanto padre como hija respondieron a ese comentario diciendo que se iban de la clase porque no tenían por qué aguantar más y yo no daba crédito a lo que estaba sucediendo. A esta reacción la última alumna en llegar respondió diciendo que comprendía perfectamente que se quisieran ir, aunque ella luego me explicó que pensaba que abandonaban la clase por estrés o cansancio, no porque yo les hubiera ofendido de alguna forma, así que cabe la posibilidad de malinterpretaran sus palabras. Les pregunté si estaban hablando en serio y respondieron diciendo que no les gustaba como profesor y que se cambiarían de grupo mientras iban saliendo por la puerta sin más.


Tras unos segundos en los que tanto el resto de los alumnos como yo no sabíamos muy bien cómo reaccionar, salí en su busca para preguntarles si es que les había molestado algo que hubiera dicho y, en caso de que así fuera, disculparme, puesto que yo estoy dispuesto a admitir mis errores y enmendarlos de la mejor manera posible. Les pedí que se detuvieran cuando estaban llegando a la puerta y quisieron hacer oídos sordos pero al final decidieron escucharme. Les pregunté el motivo de aquella reacción y me repitieron que estaban hartos de mí y que se iban a causa de mi actitud, cosa a la que yo sólo pude responder diciendo que si había algo que no les gustaba hubiera preferido que me lo hubieran dicho en el momento, pudiendo así tomar medidas para solucionarlo a tiempo y no cuando ya no había nada que hacer. La hija de Pepico aprovechó para dejarme claro que yo, en su opinión, trataba a su padre como si fuera tonto y que nadie le habla así a su padre, que me habían estado aguantado mucho y mucho tiempo a ver si cambiaba pero, en vista de que no, se iban porque estaban hartos. Cuando les pedí explicaciones acerca de esos supuestos insultos alegando que eso no era cierto, la chica se me encaró para provocarme en un tono más alto y el padre puso el brazo en medio al tiempo que decía “vamos, que tú no tienes por qué hablar con éste”.


Al salir por la puerta, y mientras se iban alejando, la chica siguió provocándome en plena calle a pesar de que les dije que no estaba para nada de acuerdo con ese comportamiento y el padre dejó bien claro que “ya hablaría con quien fuera necesario para echarme”, reacción que a mí me pareció, no solamente injustificada, sino también prepotente y exagerada, aunque pudo deberse al calor del momento, cosa rara dado que yo no me alteré en absoluto para no decir una palabra más alta que otra. No obstante, lo que yo pensaba que quedaría en agua de borrajas resultó ser una amenaza real, y lo pude confirmar cuando mi compañero volvió a la clase para decirme que me pasase al terminar para hablar con él y con mi jefe, aunque la cosa no pintaba bien para mí. Por suerte para mí, el resto de los alumnos accedieron a contar los hechos de manera objetiva y sin que yo tuviera que decir nada, lo cual arrojó algo de luz sobre el asunto e hizo patente que su reacción había sido injustificada puesto que mi comportamiento había sido del todo correcto en todo momento.


Epílogo:

A la mañana siguiente me llamó mi jefa para contarle lo mismo que acabo de poner aquí y entregarle una copia para que pudiera leerla. Pues bien, dado que el individuo llamó a la academia al día siguiente en un tono relajado y pacífico, resulta que la culpa es mía porque no tendría que haberle dado la respuesta del agua ni haber pedido que se callasen porque era factible que se ofendieran a causa de esos comentarios. También me voy a permitir añadir que el individuo en cuestión se disculpó ante mis jefes, no ante mí, diciendo que él no tuvo nunca intención de perjudicarme de ninguna manera, ante lo cual yo quisiera exponer los siguientes hechos: Si una persona no tiene intención de perjudicar a alguien, ¿es normal que lo insulte tanto personal como profesionalmente? Es más, si resulta que las amenazas no iban en serio, ¿con qué motivo llamó entonces a mis jefes para contarles una versión completamente diferente de lo sucedido? ¿Tan “diplomáticos” son mis jefes que le dan la razón, quitándomela a mí en el proceso, a alguien que falsea y miente para hacer daño a otra persona sin motivo?


Sinceramente, no lo entiendo… o sí lo entiendo, pero no comprendo por qué la gente es así.

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